Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios (si los hay). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics o YouTube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies. Hemos actualizado nuestra Política de Privacidad. Haga clic en el botón para consultar nuestra Política de Privacidad.

“El mito del genio emprendedor, que se habría hecho solo, permite justificar un orden social”



Dentro de una tienda Apple en Sao Paulo, Brasil, el día después de la muerte del fundador de Apple, Steve Jobs, el 5 de octubre de 2011.

Es una escena fundacional que dio en el blanco. La del garaje, en la que Steve Jobs, «partiendo de la nada», Habría cambiado el mundo otorgando el concepto de computadora personal y fundando Apple. Uno de esos cuentos fantasmagóricos del self-made-man al estilo americano que inundan la gran novela de nuestra economía, y que el investigador en ciencias de la gestión Anthony Galluzzo disecciona en su libro El mito del emprendedor. Deshaciendo el imaginario de Silicon Valley (La Découverte, 232 páginas, 20,50 euros).

¿Cómo se puede calificar de “mitológica” la construcción de la figura del emprendedor?

Dentro de las principales revistas y prensa económica estadounidenses, obras biográficas y luego documentales, se han tejido historias durante más de un siglo en torno a esta figura, y en particular a ciertas celebridades emprendedoras como Steve Jobs o Bill Gates. Dans ces représentations abondantes médiatiques et culturelles, se réunissent des éléments récurrents, qui constituent un récit hégémonique : celui de l’homme créatif et héroïque, l’entrepreneur génial et solitaire qui s’est élevé à la sueur de son front à partir d’ un desierto. Se ha convertido en un mito, en el sentido de que es una narración sin autor definido, pero alimentada colectivamente y mantenida como verdadera.

¿Cómo se forjó la imaginación de este personaje del emprendedor en Estados Unidos?

Desde el 19mi siglo, vemos la aparición de las primeras celebridades emprendedoras globales, los padres fundadores de la economía estadounidense como Andrew Carnegie, Thomas Edison o John Davison Rockefeller. Estos se encargarán de transmitir su propia historia en los medios: se relacionan con las posibilidades de narración que la prensa de masas, entonces en plena eclosión, les permite contar su historia y en particular legitimar su poder. Tras ellos, se suceden generaciones de emprendedores, en particular, en el giro neoliberal de los años 80, el que se asociará a Silicon Valley. A lo largo de estos años, esta imaginación emprendedora se alimentó -y alimentó a cambio- del ideal nacional estadounidense formulado en torno al éxito individual.

¿Qué visión del mundo contribuye a difundir esta figura mediática?

Detrás de todas estas historias corre la idea de que el mercado sería un gran espacio democrático, donde los individuos se probarían a sí mismos, para permitir el surgimiento de una aristocracia natural: la aristocracia de los talentos. Según esta visión, el mercado funciona, no sobre una reproducción de la herencia, sino sobre el surgimiento espontáneo de creadores que se harán su lugar gracias a su “talento”. Esto está respaldado por toda una literatura que presenta a estos empresarios estrella, como Steve Jobs, como genios con una superioridad natural. Es una especie de misticismo innato: uno nunca se pregunta qué hizo posible ganar poder económico, que en realidad es producto de un contexto familiar, de una clase social, de una geografía. Esto entonces transmite la idea de que cada uno es responsable de su propio éxito. Simétricamente, aquellos que no tienen éxito en el mercado son llamados “indignos”.

Te queda el 45,03% de este artículo por leer. Lo siguiente es solo para suscriptores.